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Columna desaparición de Santiago Maldonado: “Que nadie se confunda”

Por Marcos Gonzalez

Anoche, mientras miraba el programa de Luis Novaresio y lo escuchaba a Rolando Hanglin confirmé algo que venía sabiendo sin prestarle demasiada atención: en torno al caso de Santiago Maldonado hay tres “bandos” -recalcando el poco feliz concepto utilizado por la ministra Patricia Bullrich-. De un lado, quienes deseamos que aparezca, pedimos, exigimos, denunciamos. Y lo hacemos ante quien debe darnos esa respuesta: el Estado.

De otro lado, quienes veladamente -o ni siquiera eso, en algunos casos- justifican que hoy Santiago no esté, bajo argumentos tales como “el terrorismo mapuche”, la “ilegalidad de sus actos”, los “atentados”, la “violación” de la propiedad privada, los intereses ingleses-chilenos-multinacionales detrás de esto. Argumento de una defensa irrestricta y mayoritariamente irracional del Gobierno -que tiene a su cargo el manejo del Estado-.

Y hay un tercer grupo que bien puede integrar Hanglin. El bando de quienes se toman el caso livianamente. Siendo cándido, exentos de malicia. “Está bien, está sano y salvo, ya va a aparecer…”, dijo el conductor radial. Sin más. Sin argumentar. Sin datos ni hipótesis. Es decir, basándose en sus propios prejuicios sobre la personalidad del propio Maldonado, conjeturan algo así como: es artesano, es hippie, es aventurero, es anarquista, es viajero, es tatuador, no se ajusta a las reglas. O sea, “debe andar por ahí”, observando atardeceres, contemplando mariposas, bebiendo hierbas silvestres, explorando caminos agrestes, buscando tintes naturales para sus tatuajes…

“Ya va a aparecer”, sostienen. Y ese día, dirán “viste, qué te dije…”. Estarán de regocijo, más que por la aparición de Santiago, regocijados en su jactancia: “qué les dije, a ustedes que hicieron tanto escándalo por este chico. Estaba por ahí…”.

Estarán tan contentos en su júbilo jactancioso que ni siquiera podrán vernos (como tampoco lo hacen ahora). No verán que nosotros también vamos a estar contentos. Porque ese día -el que tanto deseamos desde hace casi un mes- será un día feliz. Lo abrazaremos a Santiago, con abrazos de brazos sus seres queridos, sus papás, sus hermanos, sus amigos. Y con abrazos virtuales, en Facebook, en twitter, con el alma, quienes hoy nos preocupamos por él.

Que nadie se confunda: el día que aparezca Santiago Maldonado, sano y salvo como la última vez que se lo vio, será un día de alegría para nosotros. No hay especulación posible en esto, no hay posturas míseras, no hay análisis de impacto electoral. Será un gran día de felicidad. Entre tantos de angustia.

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